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Nacionalizados

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Llegar a la Selección no es fácil si a pesar de brillar en la cancha el pasaporte personal no se ajusta a las reglas. El ejemplo de dos astros de Real Madrid.
Algunos jugadores nacen con la redonda bajo el brazo. Otros la conocen al poco tiempo, no mucho más. Entonces el fútbol se les mete por las venas. Se vuelve una enfermedad incontrolable que tiene como plan supremo llegar a jugar en la Selección. El sueño es fija para el que aterriza en Primera, porque es cuando el objetivo se ve más cerca. El amor a la camiseta los mueve, y cuando se trata de una chance en el equipo nacional, mucho más. "Mi primer sueño es jugar en el Mundial y el segundo es salir campeón", decía Diego, allá en 1971, con apenas 10 años. Y a Maradona se le dio. El pequeño crack de Villa Fiorito terminó siendo el astro argentino del fútbol mundial: con la celeste y blanca en el pecho y el pasaporte nacional en la mano. Pero, así como a Diego su magia y su DNI le abrieron los brazos albicelestes de par en par, a otros, iluminados y no tanto, las puertas se le cerraron y tuvieron que salir a buscar la gloria en tierras ajenas.

Viajando aparecieron los nacionalizados. De pronto, los orígenes de los jugadores fueron de importancia para apegarse a las reglas futboleras, aunque las ganas de triunfar con la redonda no son el único requisito para llegar a vestir colores vecinos. Las leyes en torno a los futbolistas nacionalizados se fueron ajustando a las diferentes necesidades, y de paso, especializando para evitar posibles fraudes (ver "Lo que dice la FIFA"). Alfredo Di Stéfano fue un caso emblemático. Por desgracia para Argentina, "La Saeta Rubia" de Real Madrid no corrió la misma suerte mundialista que Maradona (la Selección decidió no acudir al Mundial de Brasil 1950 ni al Mundial de Suiza de 1954) y para poder ganarse un puesto seleccionado fijo tuvo que nacionalizarse español, en 1956. Seis partidos llegó a jugar en el equipo argentino y luego de aquel traspaso, disputó 31 con España, los que le bastaron para ser el máximo goleador de la historia de ese país, al menos hasta 1990.

Otro ejemplo es otro "merengue": Gonzalo Higuaín, el moderno artillero que nació en Francia en 1987 y tuvo mucho papelerío por hacer hasta llegar a la Selección Argentina (la mayor).

De entrada, ya viviendo en Buenos Aires, "Pipita" fue convocado por la Sub-18 nacional, pero como en su país de nacimiento no está permitida la doble ciudadanía, decidió no obtener la argentina para no perder la francesa. Y acertó "Gonza" ahí, ya que jugar para Argentina le impediría no solamente hacerlo para Francia, sino también le cortaría la chance de tener pasaporte comunitario, algo muy importante hoy para ser transferido a Europa. Así, cuando todos comenzaban a compararlo con David Trezeguet, que con padres argentinos terminó representando a Francia en 2006, Higuaín volvió a rechazar una convocatoria de Raymond Domenech y se plantó avisando que no jugaría en ninguna de las dos selecciones hasta no ser transferido de River a algún club de Europa. En 2006 lo adquirió el "madrid" y en 2007 el delantero encontró el detalle legal para obtener la ciudadanía argentina sin perder el pasaporte comunitario: la ley de ninguno de los dos cuestiona la otra ciudadanía mientras el solicitante no haya optado por la argentina desde la fecha de expedición del certificado de nacionalidad francés hasta la mayoría de edad.

Todo llegó a buen puerto para él, que finalmente en 2009 debutó, de manera oficial, en la Selección del soñador de Villa Fiorito, ya en su versión DT.